Santa Anita


Por razones diversas de la Nostalgia 2.0, conocí a mi segunda Anita, que viene a contrariar con su sola existencia todo lo que he escrito hace un tris. Pero así somos los poetas, o los locos, o los chantas como yo.
Les dejo un extracto y la versión full de un texto suyo:» La creatividad. Un poder humano»
(temática entre otras que desvela las noches de quien escribe, no duerme y piensa al garete).

La creatividad y el juego en mi  historia 

El mundo es tan grande o tan pequeño como el tamaño  de la ventana a través de la cual nos asomamos a él. Fidel Moccio.

El jugador se planta frente a la realidad (desnuda ante él, sin intermediaciones) como un  explorador que pisa por primera vez tierra desconocida  y establece una relación abierta con un mundo abierto e ilimitado. Graciela Scheines

La creatividad despierta los  celos de los dioses. Rollo May

 

 Recuerdo una foto, en la que cumplo cinco años. Estoy rodeada de amiguitos y con un muñecote gigante que me habían regalado para ese cumpleaños. En esa época vivíamos en Ituzaingó, en una casa  que nos habían prestado mis abuelos paternos. Unos meses antes de la escena de la foto, estoy en una habitación hacinada de muebles entre los que se encuentra un ropero estilo provenzal cercano a una ventanuca por donde se escurre la luz. Allí está el moisés de Martinita, mi hermana de tres meses. El sol hace brillar su pelo negro pero a  su piel trigueña la veo verdosa. No se mueve. Yo quiero que mamá me muestre mi regalo que está guardado en una caja, arriba del placard, pero mamá sólo llora desconsoladamente mientras mira el moisés y no me escucha. Yo lloro también porque sentir así a mamá me angustia; no entiendo qué pasa, pero intuyo que es algo grave, así que lloro muy fuerte. Mamá grita ¡Luis, Luis!;  papá viene corriendo y también ve. No dice nada. Entra mi tío y juntos envuelven a Martinita en una sabanita del moisés. Mamá sigue  llorando, y yo  aunque sigo sin entender; lloro mucho. Nadie me presta atención. Ellos bajan la caja de mi regalo, sacan lo que hay adentro, lo dejan arriba del placard y ponen a mi hermanita en la cajita. Se la llevan caminando despacito, encorvados y silenciosos,  por una de las calles infinitas del pueblo. Sus cuerpos, de espalda, alejándose, quedan en mi memoria para siempre. Mamá me deja sola en la habitación que huele a ausencia y dolor, sin haberme mostrado mi regalo que seguía sobre el ropero. Yo me calmo y como nadie me dice nada me pongo a pensar en otra cosa. Salgo a jugar con mi hermano al patio. 

Promediaba junio del cincuenta y cuatro. Ahora sé que mi hermana se había muerto. Hasta que fuimos grandes, mamá nunca habló del tema ni lloró delante de nosotros por su hijita, la morochita, la que se parecía a ella, la muerta.
Llegó mi cumpleaños y me regalaron el muñeco de la foto. Con él jugué a la mamá, lloré y sufrí por esa hija muerta, haciéndome cargo de lo no dicho, de lo no expresado.

Dice Scheines:
“mientras jugamos estamos a salvo de la deriva, del sin sentido, del vacío”

El ser humano es incapaz  de vivir en el caos y la incertidumbre que le producen la muerte, lo misterioso, lo desconocido, lo tremendo,  lo terrorífico y aquello que no maneja. Un modo de establecer una red que lo proteja y le permita acercarse, es jugar; con el jugar crea un nuevo orden que limita el caos y lo mantiene a raya.
La nena de la foto disfruta de su regalo. El juego ayuda a elaborar la pérdida y nos va mostrando el modo en que esta nena expresará sus emociones y cómo se irá vinculando con el sentir familiar.
Si en la familia, el ambiente es sano y abierto y los adultos han creado un lugar de encuentro respetuoso de las identidades, el niño elabora a través del juego las situaciones  dolorosas y crece. Si no es así, la red de  relaciones  ayuda a sostener  el status quo y alguno se hace cargo, en general el más sensible, de la expresión del sentimiento familiar, del propio y del de los demás.

El texto completo aquí

Nostalgia 2.0

Como la novedad enamora facilmente yo también fui cultora de mi ciberespacio, o bien ciberquintita en lontananza; lungo espacio fuera de foco, sombra de persona, perro o caño. La presbicia se solidariza al contexto con desencantos terribles, poblados de amagues entre cuerpo 5 al 15 y una vela nocturna yendo y viniendo en la oscuridad.
Hemos perdido el deleite de ciertas lecturas, como prospectos, fechas de vencimiento, mentes ávidas. Es el momento de observar las mentes ávidas a una prudente distancia de no menos de un metro, medio más. Ya no lucen. Son sólo mentes ruidosas, rudimentarias, rudas.
Y las almas? Qué complejo! Donde solía estar el postre hay sólo un plato vacío, predispuesto y de canto para el lavavajillas.
Gran parte de todo se lo ha llevado la tecnología, mejor dicho su uso. Nunca supimos hablar: qué peor que disponer de surtidas maneras para poblar el espacio de esta «conversación». Nuestra persona es ahora un «profile»; garabato sostenido en la mano inversa al canapé de esas fiestas de viejos parados, rugiendo interiormente por un pucho o una puerta de escape que siempre abre alrevés.
Ustedes disculparán este antizenitismo: «Ya no quiero conocer a nadie y menos a mí» que fuera reemplazado en el antiguo oráculo por versiones del marketing.
No necesito hablar por el celular. No deseo ser encontrada. No tolero escuchar gente por el inalámbrico mientras hace pis, o peor. No quiero escribir SMeses fragmentados y sin dientes. No busco formar parte de ningún grupo ni dar excusas, cambios de clave, pines ni diretes. Tal vez haría un último movimiento sobre el elegante textbox con la siguiente: «droga+flashback+comunicación verbal».
Antes la gente se iba dando un portazo, ahora te borra de sus interminables listas de amigos, conocidos, colegas, contactos y cosos diversos.
Los años pasan y sigo añorando las postales de Ferla con puñados de estampillas, cada tanto, desde algún paisaje cultural devenido en reducto para los románticos.